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Abogados Construyendo Paz con Justicia Social

“Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará. Hará que tu justicia resplandezca como el alba; tu justa causa, como el sol de mediodía”.
Salmo 37, 5-6

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La mitad del país prefirió seguir en conflicto

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abogados reconciliación y perdón

¡Aún me cuesta trabajo entenderlo! Tras 7 décadas de violencia continua, Colombia ha tenido que enfrentar guerrillas, paramilitarismo y narcotráfico, en tanto que el pueblo ha visto cómo la sangre de sus hijos baña la tierra.

Tratándose de un conflicto interno, los muertos los ha puesto el pueblo colombiano y, casi la totalidad han sido hijos de la clase menos favorecida. Buena parte de la clase política, las clases altas y hasta los mismos líderes de los grupos armados, han tenido a sus hijos viviendo fuera del país y educándose en las mejores universidades del mundo. Ahora, muchas familias de posición social o económica especial, han sufrido el secuestro extorsivo de sus familiares. Asimismo los familiares de hombres y mujeres que militan en las fuerzas militares han vivido todo tipo de zozobra, pensando en la hora en que les matarán o secuestrarán a sus seres queridos; muchos esperaron por años el retorno de los secuestrados.

Aún así, la mitad del país, al medir el efecto de los acuerdos de la Habana, prefirieron el riesgo de seguir en la guerra, antes que perdonar y aceptar que los protagonistas del conflicto fueran medianamente perdonados. Prefirieron ver a sus cabecillas tras las armas que tras una curul del congreso colombiano (donde no es mucha la dignidad que se vislumbra).

No importó que el conflicto de Colombia llevara ya 7 décadas (más de 5 con la guerrilla). Recordemos que el origen del actual conflicto: se remonta a la denominada época de la violencia (1946- 1958), en la que se enfrentaron conservadores y liberales, y en medio de la cual tuvo lugar el Bogotazo (desencadenado por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en abril de 1948); pasa por el golpe de estado y la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla (junio de 1953 a mayo de 1957) y; por el Frente Nacional, donde esos dos partidos se rotaron el poder durante 4 gobiernos nacionales (1958-1974). De las luchas políticas emergen grupos guerrilleros de vertientes políticas liberales y comunistas, que van generando los antecedentes para la creación de las FARC en 1964. Luego vendrá el narcotráfico y la incursión de las fuerzas paramilitares, que completaron el cuadro generador del caos, la violencia y el terrorismo que baño nuestras tierras con lágrimas y sangre.

Las consecuencias, el dolor, las heridas, el odio... y los intereses.

Un conflicto tan largo, lógicamente ha dejado grandes desastres, innumerables derramamientos de sangre, desplazamientos, secuestros, desapariciones, desposesiones, violaciones sexuales, injusticia y miseria de toda clase y en todo sentido. Siete décadas de guerra, son pues, siete décadas de dolor, odio, deseos de venganza y cuanto sentimiento negativo puede albergar el corazón humano.

Entonces suena lógico que quienes han sido medianamente tocados por la guerra (difícilmente se puede decir que alguien se haya librado de sus efectos), anhelen indiscutiblemente un proceso de paz concertada. Pero también es lógico, desde la naturaleza humana, que algunos de quienes han sufrido el mayor estrago de la violencia, quieran la continuidad del conflicto hasta alcanzar venganza, o cuando menos una paz que no conlleve impunidad en ningún nivel, o al mínimo nivel.

A lo anterior debe sumarse el interés político y económico que hay siempre detrás de la guerra. El comercio de armas, municiones, equipamiento propio del conflicto, etc., mueve miles de millones y engorda muchos bolsillos. Asimismo, detrás de todo este conflicto, existen otros intereses comerciales como el tráfico de drogas, donde también son grandes los rendimientos económicos.

Lo triste de esta situación es que la existencia misma del proceso de negociación de la paz que llevaron a unos acuerdos se convirtió en un nuevo proceso de confrontación entre representantes políticos y entre ciudadanos; sobreviniendo en un nuevo nivel del conflicto, con efectos sorpresivos: la división del país en quienes dijeron SÍ y quienes dijeron NO. Lo que llama la atención de todo esto es que, en los lugares donde el conflicto fue intensivo, los colombianos votaron por el cese de la guerra, en tanto que la mayoría centros urbanos grandes, donde las dimensiones del conflicto fueron menores, decidieron que querían su continuidad. Dicho de otra forma, los que sufrieron las balas, perdonaron; en tanto que los que las oyeron a la distancia, claman castigo para los culpables.

Desde la perspectiva política, cuando se ha identificado que hay una población grande, con intereses comunes (aunque tengan diferente motivación), siempre resulta rentable tomar la bandera de su defensa; por convicción o por conveniencia. Así, oponerse a la paz o defender la continuidad de la guerra, tiene muchos adeptos y puede dar votos para curules en el congreso o para obtener la Presidencia del Estado.

Guerra y más destrucción o paz y reconciliación.

Ahora, si bien son legítimos los sentimientos (o intereses) de quienes se oponen a la paz ¿será válido que predominen sobre quienes la defienden? ¡Yo considero que no! Jesús “Dijo: -¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos” Lucas 19:42.

Rechazar los acuerdos de la Habana para la paz en Colombia, implicará darle continuidad a más décadas de conflicto, donde los hijos del pueblo seguirán entregando sus vidas por un odio, que bien puede transformarse en perdón y reconciliación, lo cual traería incontables bendiciones: pero esto está oculto a los ojos de quienes hoy quieren la continuidad de la guerra.

Así que “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” Mateo 5:9, porque no están ciegos, sino que han podido ver lo que puede traer la paz a sus vidas y a Colombia.

Ya contemos como suficiente la sangre que se ha regado en nuestro suelo y procuremos vivir todos en paz, en cuento nos sea posible. Confiemos en que, tanto la venganza como la justicia están en manos de Dios. Pues Él mismo nos ha mandado: “Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará. Hará que tu justicia resplandezca como el alba; tu justa causa, como el sol de mediodía” Salmo 37:5-6.

Si pensamos que toda afrenta requiere de una acción de nuestra parte para retribuir el dolor o hacer pagar el daño, nuestros años de guerra no tendrán fin y estaremos condenados a ser un pueblo en constante conflicto: entre hermanos nos extinguiremos. Si continuamos viviendo con odio y deseos de venganza, tales sentimientos se convertirán en el veneno de un suicidio colectivo, que poco a poco irá extinguiendo la vida de nuestra sociedad.

¿Quiénes son aquellos a quienes se está odiando?

Ni los hijos de la guerrilla ni los hijos del ejército, son hijos de la guerra; todos son hijos de nuestras madres. Muchos han sido hermanos, arrancados de la misma casa, para enfrentarse desde diferentes bandos, por causas que no eligieron. Muchos salieron del seno de sus madres, siendo aún infantes, para luego ser convertidos en combatientes en cuyos corazones fue naciendo el mal sentimiento, por los estragos propios de la guerra. Los combatientes mismos, en la mayoría de los casos, han sido víctimas de las circunstancias sociales y/o bélicas de este país, en el que nacieron cuando ya estábamos en guerra. Muchos de ellos han querido huir del conflicto, pero no les ha sido posible.

¿Cuántas madres han recibido la noticia de que en una redada del ejército se llevaron a su hijo a prestar servicio militar, sin preguntarle a ella ni a su retoño? ¿Cuántas de estas madres, a los pocos meses los han recibido de regreso en una bolsa? ¿Cuántas madres han visto que a la finca llegan hombres armados a retener a sus hijos para montarles un fusil, meterlos en el monte y movilizarlos entre las montañas? Fueron secuestrados de la guerra, que jamás fueron contados en tales estadísticas y a quienes al cumplir la mayoría de edad, se les llamó terroristas como a los demás. Muchos de estos son los que hoy llamaremos desmovilizados.

¿Cuántas de estas madres, nunca más han vuelto a saber de sus hijos o han terminado con la noticia de que en algún lugar de la geografía colombiana, su hijo cayó en medio de la guerra, y fue sepultado en algún lugar de la selva, de donde ella no tendrá noticia?

La mayoría se han movido en el bando al que lo llevaron las circunstancias de conflicto de nuestro país. Tú mismo, tal vez serías un guerrillero, si a tus 12 años te hubieran arrebatado de tu casa para montarte un fusil más grande que tú, rumbo al monte; en lugar de la maleta que seguramente a esa edad cargabas al colegio; ellos, hoy no piensan como tú.

Las promesas de la paz.

Si sabemos perdonar, encontraremos primeramente la paz en nuestros corazones y, después, la paz en nuestro pueblo. Entonces, “El amor y la verdad se encontrarán; se besarán la paz y la justicia. De la tierra brotará la verdad, y desde el cielo se asomará la justicia” Salmo 85:10-11; de manera que nada quedará oculto y cada uno podrá vivir como merece.

De otra parte, con la paz, los inmensos recursos de la guerra serán invertidos en proyectos sociales que harán que abunden las bendiciones en nuestro país. El dinero de las balas, para becas; el dinero de las armas, para vivienda; el dinero de la naves, para infraestructura; el dinero de la estrategia militar, para empleo… El dinero de la guerra, para consolidad la paz y la justicia social.

Que nadie siga enceguecido, negándose a hallar la paz, pues la oportunidad es ahora y el lugar es aquí, o con qué cara le dirás a tus hijos ¡que nacieron en guerra y no han conocido la paz! que elegiste heredarles un país en conflicto, habiendo podido elegir para ellos un futuro mejor.

Oremos para que los nuevos representantes del país en las negociaciones con la guerrilla, logren acuerdos que satisfagan las espectativas de esa mitad del pueblo que clama por unas condiciones distintas para avalar un proceso de concertación para la cesación de la guerra armada: ¡Dios los guíe!